MENSARIO

De Isabel Frontón Simón, de Cuadernos de Arte e Iconografía.

La capilla de San Galindo, adosada al muro meridional de la iglesia de San Bartolomé, de una única nave abovedada y ábside semicircular, constituye una de las más interesantes muestras del románico alcarreño por su riqueza escultórica, inusual en el resto de la provincia.

Ya en el exterior de la capilla, sobre el muro del mediodía corre un friso de relieves, muy erosionados por hallarse expuestos a la intemperie sin protección alguna, en los que se figura un calendario agrícola. Presenta éste notables diferencias con el famoso mensario de Beleña de Sorbe, hasta el punto de no parecer una derivación o "inspirado remedo" de aquél, como tantas veces se ha dicho , si bien existen algunos elementos comunes y en especial su posible filiación con el arte de Silos.

Se observan en el menologio de Campisábalos tres particularidades dignas de reseñarse y ya puestas de manifiesto por J. L. Mingote. En primer lugar el espacio elegido para su ubicación, al ser el único calendario español que se sitúa sobre un muro. En segundo lugar, el orden de lectura de los relieves que si bien se realiza en sentido inverso al habitual, de derecha a izquierda y no al contrario, no resulta excepcional pues en los mensarios de las portadas de San Nicolás del Frago (Cinco Villas, Zaragoza), San Claudio de los Olivares (Zamora), ambos cincelados sobre una arquivolta, y Santa María de Ripoll (Gerona), en la jambas del vano, también se optó, al igual que en muchos calendarios italianos, por esta peculiar disposición. Por último, la presencia de dos escenas ajenas a las tareas agrícolas de los distintos meses en su extremo derecho (la montería y la lucha ecuestre), recurso tampoco absolutamente original al encontrarse igualmente en el menologio de la iglesia burgalesa de Hormaza, vinculado además al alcarreño por ser también artífices de cuño silense quienes lo esculpen.

Siguiendo, pues, una lectura de derecha a izquierda, el friso se inicia con el enfrentamiento ecuestre de dos caballeros, tema que se representa con frecuencia en edificios románicos, sobre todo a partir del último tercio del siglo XII.

El tema siguiente es la montería del jabalí . Para su representación el artista elige también el momento clave de la acción cuando el animal queda prácticamente inmovilizado por los perros que logran hacer presa en él -uno encaramándose en su lomo le muerde el cuello y otro, por detrás, los cuartos traseros-, circunstancia aprovechada por uno de los cazadores para atravesarlo con su lanza.

A continuación se inicia el calendario propiamente dicho con una escena del mes de enero tan destruida que apenas pueden apreciarse los restos de lo que debió ser una mesa y de un personaje sentado tras ella que festejaría así, con el apreciado banquete navideño, la llegada del nuevo año y el nacimiento del Salvador. Quizá un fuego, delante de la mesa, caldeara el hogar del aldeano.

Durante los tres meses siguientes, el interés del escultor se centra en los trabajos propios de la explotación vinícola, de gran importancia en la economía alcarreña. Este tipo de cultivos, por la delicada naturaleza de las cepas, exige un tratamiento especial y constante dedicación. No resulta por ello extraño que el artífice de los relieves de Campisábalos plasme las diversas y numerosas tareas necesarias, ya desde principios del año, para el buen mantenimiento de las vides; labores por otra parte documentadas en los fueros y cartas pueblas, donde se dice que debían ser "scavatas, podatas et ben cavatas". Así, en el mes de febrero el rústico parece remover la tierra en los aledaños de la cepa, con la ayuda de una extraña pala de alargado mástil, para facilitar la absorción del agua procedente de las primeras lluvias primaverales y, asimismo, suprimir las malas hierbas y los sarmientos que nacen cerca y al pie de las vides aunque éstas no aparezcan cinceladas en la escena. En marzo, se dispone a cavar las cepas con un azadón; faena equivalente al binar cerealero, sin ayuda de animales ni arado para no dañar las viñas. Finalmente, en abril, con un retraso de un mes respecto a la mayoría de los calendarios, comienza la poda. Vicente de Beauvais recomendaba en su "Speculum Doctrinale" la ejecución de este trabajo en marzo y no en febrero en aquellas regiones de clima riguroso, pero nunca en abril; sin embargo, en la documentación castellana de los siglos XII y XIII se fija el final de la preparación de las viñas al iniciarse la primavera, en torno a la Pascua Mayor.

En mayo todo vuelve a la normalidad, si bien el escultor de Campisábalos prefiere representar, no la tradicional escena de cetrería protagonizada por el caballero, sino el momento en que éste alimenta a su palafrén, como sucede en los frescos de San Isidoro de León. Entre las hipótesis propuestas para aclarar el significado de tal fórmula iconográfica la de mayor aceptación es la de Chiara Frugoni, basada en el análisis de una miniatura del siglo XIV que ilustra un libro de derecho de comienzos de la centuria anterior donde un caballero desciende de su corcel para recoger un haz de grano. El texto explica como el viajero está autorizado a alimentar a su bestia con el cereal de los campos. La imagen de este mes sería entonces la del caballero que, haciendo un alto en el camino, da de comer a su cabalgadura, aunque aquí la presunta ausencia de la silla de montar obliga a poner en tela de juicio tal interpretación. Para Mingote Calderón, que también compara el relieve con la escena del fresco leonés, el jinete se limita a sujetar con ambas manos las bridas del caballo.

La figuración de los dos meses siguientes es idéntica a la de Beleña. En junio, el campesino corta los cardos en flor nacidos entre los trigos con un útil muy similar al que se representa en aquel menologio; tarea característica y casi exclusiva de los mensarios ingleses al cincelarse tan sólo una vez, durante los siglos XII y XIII, en Francia e Italia, concretamente en la pila bautismal de la iglesia francesa de Saint Evroult de Monfort (Orne). En julio se dispone a segar las altas mieses, ya totalmente maduras.

La escena de agosto plantea mayor dificultad. Se ha identificado como una tarea en relación con los pastizales: el campesino remueve y amontona con su horca la hierba cortada en los prados; interpretación poco admisible por no representarse nunca esta labor en agosto en los calendarios románicos europeos. Resulta más verosímil que el aldeano avente las mieses aprovechando la fuerza del viento o bien acumule la paja ya separada del trigo, sobre todo si comparamos esta figuración con la que se elige para el mismo mes en Beleña, donde el labriego sostiene sobre el trillo el bielno, en clara alusión a la faena que debe realizar inmediatamente después; o, también, con la cincelada en el calendario de la catedral de Tarragona, donde en el mes de julio un campesino amontona o aventa la mies con la horca mientras otro la golpea con un mayal.

En septiembre desaparecen las dudas, pues se escoge la labor propia de este mes, la vendimia. Aún puede verse, a los pies de la casi desaparecida cepa, el cuévano donde se depositarán los racimos.

La labranza ocupa los trabajos de octubre que preceden a la siembra, no aludida aquí por ningún elemento. El rústico inclina su cuerpo sobre un arado romano del que tiran dos bueyes, y lo sujeta y dirige colocando su mano en el orificio existente, a modo de anillo, en el extremo superior de la mancera, al tiempo que, como señala Mingote Calderón, parece espolear a las bestias con la aguijada.

Noviembre se figura con la matanza de un cerdo de considerable tamaño, cuya carne constituirá el ingrediente indispensable de los ya próximos banquetes navideños, anunciando así esta escena la fiesta de la abundancia y de la alegría por excelencia que rompe la severidad de la vida laboriosa y la austera alimentación cotidiana. El escultor ha optado por sacrificar al animal a la usanza italiana, degollándole, como en Beleña. Normalmente este episodio marca el fin de los trabajos anuales y el inicio del reposo invernal pero aquí aún se cincela una faena más al concluir el año en diciembre con el trasiego del vino desde un recipiente que semeja un cántaro, y no el tradicional odre, a la cuba; tarea que en la mayoría de los calendarios se realiza en octubre, tras la vendimia.

El friso, interrumpido por la puerta de la capilla, continuaría con otras escenas, sin duda imágenes del entorno social del campesino, adivinándose aún la mitad de un tonel.